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LA VOZ LIBRE
martes, 16 de mayo de 2017, 10:14
¿Mejor hiel que miel?

“Mejor hiel que miel”. No se trata de un error tipográfico ni tampoco de un fallo de redacción. En el momento actual donde tanto abunda la crispación y el cabreo generalizado, son muchos los que recomiendan seguir el consejo popular y clásico pero al revés: “mejor con hiel que con miel”.

Tradicionalmente, se aconsejaba que ante los inconvenientes y desventuras, el mejor proceder era aplicar la afabilidad, la paciencia y la tolerancia, es decir la miel. Hoy parece que esa recomendación no solo no sería válida, sino que incluso muchos consideran es más adecuado actuar con prepotencia, soberbia, y belicosidad, es decir con hiel.

El mensaje que corre subliminalmente es que ser buena persona no da resultados satisfactorios y que hoy es más rentable ser un borde. Por lo tanto, hay que vencer y no convencer. Hay que imponer y no tolerar. Se trata de ganar siempre y no sólo de participar. Sólo los más fuertes tienen derecho a la buena vida y el resto deben servirles dócilmente y soportar su destino. Parece que lo único valido es la fuerza bruta y no la razón. Hay que ser un pillo, un sátrapa y un sinvergüenza para sobrevivir en una sociedad corrupta. Desgraciadamente, parece que el fin si justifica los medios. ¡Cambio copernicano en la forma de entender las relaciones humanas y la ética social!

Pero a pesar de esas opiniones, algunas incluso científicamente contrastadas, la biología humana parece contradecir en gran parte ese discurso. Los que nos dedicamos al estudio de la mente y de sus enfermedades, sabemos que nuestra genética y epigénetica consideran provechosas y útiles las conductas basadas más en la bondad que en la maldad; más en la tolerancia que en la rigidez; más en la empatía que en el egocentrismo. En suma, las conductas humanamente positivas son más ventajosas para la salud mental del sujeto y para la consecución de los objetivos propuestos y más facilitadoras de las relaciones.

Algunos no obstante nos dirán rápidamente que las teorías evolutivas darwinianas apuntan en sentido contrario, y que la supervivencia de la especie va unida a la fortaleza física y psíquica. Que sólo los mejor dotados son los que se perpetúan y los más débiles desaparecen. Y que por lo tanto hay que ser del grupo de los dominadores (clase alfa) y no de los dominados (clase épsilon).

Pues bien, aun asumiendo los postulados darwinianos, no existiría contradicción con la tesis que defendemos, ya que la experiencia personal acumulada y la experimentación clínica publicada señalan constantemente que una cosa es la supervivencia y continuidad de la especie y otra “la calidad de vida” de los integrantes de esa especie. Ser buena persona y actuar con respeto y tolerancia hacia los demás, es muy saludable tanto para el individuo que lo hace, como para el que lo recibe.

Sin duda, la felicidad y el bienestar de cada uno se encuentra más en la tolerancia, en el buen humor y en la cordialidad que en la acritud, la suspicacia, y la crueldad con el semejante. Pero no sólo es cuestión de felicidad personal, también van unida a la “miel”, es decir a la consecución de metas y objetivos.

Cuando empleamos eso que ahora se denomina “buen rollito” o incluso en algunos casos cuando ponemos en marcha el “pasotismo inteligente”, estamos en el camino correcto para obtener bienestar. La crispación y la “mala leche” sólo producen una espiral de agresividad, violencia y frustración.

La llamada cultura del bienestar y la civilización avanzada se definen porque hay libertad de expresión, pero también hay orden, respeto y sumisión a las normas. Es el Estado el único que puede reprimir conductas antisociales y usar la fuerza para imponer la ley. Obviamente, si el estado no lo hace se abre una peligrosa puerta para que se aplique la antigua “Ley del Talión: Ojo por ojo, diente por diente”.

Siempre se consigue más con “miel que con hiel”. Esto es, se obtienen mejores resultados con la amabilidad y con la educación. Es mucho más rentable sugerir que imponer. Y no olvidemos además que las formas cuentan, y mucho, para hacernos la vida más fácil.

La sonrisa hace milagros, la escucha atenta facilita la comunicación. El respeto al otro es crucial para resolver los altercados. En suma, se obtienen mejores resultados con “miel que con hiel”, sea “inteligentemente egoísta” y aplique esta receta, estoy seguro que le saldrá a cuenta.

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