La matraca del pacto fiscal con que nos va a tener entretenidos Artur Mas en los próximos meses o años tiene su origen en el llamado concierto con el País Vasco y Navarra. Si ellos lo tienen, nosotros también. ¿Por qué no? Es nuestra versión de la 'invidia penis', la sana envidia del que la tiene corta (la financiación) y aspira a más. Y más. Pero mucho Mas.
El concierto es un sistema de recaudación: el poder local (la comunidad autónoma) se encarga de cobrar los impuestos, y entrega al gobierno el pago de los servicios que recibe del Estado, quedándose con el resto para los gastos correspondientes a sus competencias. Se aceptó en la Constitución, como excepción, en la disposición adicional primera. Con ello se intentaba sumar a los nacionalistas vascos al pacto constitucional, aunque ni así lo firmaron. Ambas cosas, la aceptación del Concierto y la negativa del PNV a decir sí a la Constitución, seguramente se debieron a la presión de ETA. O sea que cuando decimos que el fin de ETA no debe tener ningún precio político, habría que recordar que ya lo tuvo, indirectamente, en forma de Concierto Económico.
En segundo lugar hay que decir que el Concierto es un sistema reaccionario, propio del Antiguo Régimen señorial, con sus alcabalas, privilegios, exenciones, gabelas, fueros, censos y regalías incompatibles con la soberanía popular propia de un estado democrático. De entrada, la existencia del Concierto es una cosa que nos debería avergonzar, pues no dice nada bueno de nuestra calidad democrática. Pero es que, además, del Concierto no tiene por qué derivarse ningún privilegio. Mejor dicho, la Constitución prohíbe que haya privilegio alguno entre españoles: lo dice genéricamente (el valor superior de la igualdad, artículo 1.1, la igualdad ante la ley, art.14, iguales derechos y obligaciones de todos los españoles, art.139.1) y específicamente respecto a los impuestos (sistema tributario inspirado en la igualdad y la progresividad, art.31.1) y a los territorios (los Estatutos no podrán implicar privilegios económicos o sociales, art. 138.2). Sin embargo, contra lo que manda la Constitución, el Concierto siempre ha significado una rebaja: según Ángel de la Fuente, un total de 4.500 millones de euros el año 2007, solo para el País Vasco (intervención ante el Parlamento de Cataluña, 7.10.2011). Los vascos hoy disfrutan de una financiación un 60% superior al del resto de españoles: mucho mejor que el privilegio de hidalguía con que les premió la corona de Castilla, no sé por qué histórico chanchullo. Para Navarra, los cálculos resultarían similares. Es un escándalo que, siendo ambas comunidades de las más ricas de España, tengan saldo fiscal positivo, es decir que los pobres españoles estamos subvencionando a los ricos: Cataluña contribuye con mil millones anuales a esa Arcadia fiscal vasconavarra.
¿Por qué, siendo tan escandalosa, nadie ha denunciado esa situación, nadie ha dicho ni mu, todos lo hemos dado por bueno? Por la habilidad del PNV para negociar cuando los gobiernos de Madrid necesitaban sus votos. Pero no solo eso: también por el negro y amenazante pajarraco de ETA que ha condicionado toda la política española desde hace cincuenta años. A lo mejor pensaban, en clave del juego de mus, que bien valía una guerra de bajo nivel si a cambio ganaban una fiscalidad de categoría. Y encima, el coste mayor de la guerra lo ponía España. Coste en dinero y en muertos. Pues qué bien.
El Concierto puede seguir, es una manía asumible. Pero no generando diferencias ni privilegios. Cada año debería contarse la desviación entre las contribuciones de los vasconavarros y el resto, y corregirlo en el ejercicio siguiente. En todo caso, el concierto debería ser más caro: justo en el gasto derivado de hacer unas cuentas especiales. A lo mejor así les gustaría pasarse al régimen común. Y el señor Mas dejaría de dar la tabarra.
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