Tal como se están tomando eso de la lengua propia, pienso que no llegaremos a buen puerto. Si el título de lengua propia se utiliza para proclamar la hegemonía lingüística -o sea, social-, más vale dejarlo. Si sirve para decir que los castellanohablantes tenemos una lengua impropia, que es la lengua propia de otro país, que aquí no pintamos nada, que hemos de cambiar de lengua o de país... más vale que lo dejemos correr. No nos entenderemos.
Un argumento que me parece definitivo, y que espero que haga efecto en algún pensador de izquierda, es que la idea de lengua propia es lerrouxista. Sí, lerrouxista. Si el lerrouxismo es nefasto porque provoca la división entre los catalanes, es evidente que la idea de lengua propia se parece al lerrouxismo como un huevo a otro huevo. De las dos lenguas existentes en Cataluña, si el catalán es 'la lengua propia de Cataluña', el castellano habrá de ser propia de otra cosa. ¿Y de qué puede ser lengua propia el castellano? Pues de la inmigración. Si el catalán es la lengua propia de Cataluña, el castellano es la lengua propia de la inmigración. Una cosa lleva a la otra, necesariamente. Y eso lleva directamente a la cesura social, a la coexistencia de dos naciones paralelas en Cataluña. Lerrouxismo puro.
Insistir en la idea de lengua propia creo que es totalmente antisocial. Si no queremos cargarnos la unidad social, la homogeneidad considerable que ahora tenemos, es absolutamente necesario que la lengua deje de ser relevante socialmente: y eso sólo se consigue haciendo que las dos sean absolutamente iguales a todos los efectos.
Dicen que los bilingüistas somos lerrouxistas. ¡Madre de Dios! Es exactamente al revés. La próxima vez que me encuentre a un nacionalista acusándome de lerrouxista, le diré remedando a aquel gran poeta que fue -¡que es!- Bécquer:
“¿Qué es lerrouxista?, me dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es lerrouxista?, ¿y tú me lo preguntas?
¡Lerrouxista eres tú!”