Hoy día, si alguien postulase “la religión catalana” todo el mundo diría que está chalado. Tenemos asumido que Cataluña no es de ninguna religión, que todos los catalanes tenemos el derecho a ser de una fe o de otra, o de ninguna. Claro que nos quedan algunos tics delatores, como cuando nos referimos a Montserrat como el corazón de Cataluña. O cuando los obispos hablan de “las raíces cristianas de Cataluña”. O cuando los libros de historia nos presentan las guerras entre moros y cristianos, donde los catalanes son siempre los cristianos. La Reconquista se debería presentar más como una guerra civil... Para mí, los historiadores españoles son más neutrales: a menudo hablan de los hispanoárabes, pero nunca he visto la expresión catalanoárabe.
Sin embargo, la religión puede ser un criterio étnico de primer orden. En Yugoslavia y en el Ulster, el criterio étnico no es la lengua, sino la religión. Los serbios, croatas y bosnios, todos hablan igual, el serbocrata. Y los protestantes y los católicos de Irlanda del Norte todos hablan en inglés. Allá el hecho diferencial es la religión: algo que a nosotros nos parece banal, irrelevante. Aquí, nuestro criterio étnico es la lengua.
Si admitimos la neutralidad y la pluralidad religiosa, ¿por qué no admitimos igual la neutralidad y la pluralidad lingüística? La expresión “lengua catalana” nos habría de provocar la misma aprensión que la de “religión catalana”.
Es curioso: todos los que postulan los criterios étnicos, con diferentes argumentos y de diferentes maneras, todos pretenden la prioridad de “ellos” sobre “los otros”. Esto sólo lo sé interpretar de una manera: de lo que se trata, en el fondo, es de obtener o de perpetuar una ventaja social. Por eso, cuando Pujol habla de la hegemonía del catalán, sencillamente me da escalofrío. Se le entiende todo: quiere decir hegemonía de un grupo social, el suyo.