El bilingüismo está fuertemente penalizado por la ideología lingüística vigente, la “lingüística nacional”. “El bilingüisme és la mort del català”, se dice en las escuelas, y se pinta en las paredes. Si el bilingüismo es la muerte del catalán, la consecuencia inmediata es que quien defienda el bilingüismo puede ser acusado de “lingüicida”. Y además, si el catalán es bueno, si es la bondad misma, entonces ser bilingüista viene a ser una infamia, un crimen execrable.
Pues bien: eso no es cierto. Es un prejuicio más de los que tanto abundan sobre las lenguas. Nadie ha demostrado que el bilingüismo sea más mortal para el catalán que el monolingüismo. Lo que sí habría que preguntarse es: cómo una tesis tan poco fundamentada –y tan peligrosa– ha sidoaceptada de una manera tan general por nuestra sociedad.
Personalmente, sostengo que el bilingüismo es una garantía mejor para la supervivencia del catalán. El catalán sólo podrá sobrevivir en un contexto bilingüe, conviviendo con el castellano, y aprovechándose de la solidez del castellano. Es evidente que, si tuviésemos que ser necesariamente monolingües, si en el cerebro sólo nos cupiese una lengua, todo el mundo escogería –para sí o para sus hijos– la más útil y potente. Por lo tanto, la condición para que conservemos una lengua limitada como el catalán es que la podamos hacer compatible con otra lengua más poderosa.
Pero además, –y sobre todo– el bilingüismo es una cuestión de simple justicia. Hoy día, más de la mitad de catalanes tenemos el castellano como lengua materna. Por lo tanto, cuando decimos “lengua catalana” deberíamos precisar “cuál”. La lengua popular de Cataluña ya no es una sola lengua, como hace cien años, sino dos. Y todos los ciudadanos tienen los mismos derechos: los mismos derechos lingüísticos, también. Por lo tanto, hoy día en Cataluña el bilingüismo es absolutamente necesario, si no queremos cargarnos la igualdad de los ciudadanos: es decir, la democracia.