Supongamos, tal como predican los políticos al uso, que la escuela ha de ser única. Concedamos que todos los niños hayan de ir juntos a la misma escuela. Pero es que hay como mínimo tres modelos de escuela única: monolingüe en catalán, monolingüe en castellano, y bilingüe. Y aquí se está siguiendo el modelo quizá más improbable en teoría y en condiciones normales: el monolingüe en catalán. (En condiciones normales, quiero decir sin la persecución de la dictadura y sin la fiebre nacionalista consiguiente).
Si la sociedad catalana es bilingüe, y lo es muy intensamente, y con gran homogeneidad, la escuela ha de ser también bilingüe, y punto. Hay muchas maneras para hacerlo: por asignaturas, por días, o por semanas, o tal como se hacía en tiempo de la República, mañanas en castellano y tardes en catalán. O al revés.
La escuela única y monolingüe sí es sectaria, sí nos conduce a la división. No hay nada más separador que la uniformidad por decreto: eso era el gran argumento catalán contra el centralismo español. Pero, además, es evidente que, si hemos de ser monolingües, los castellanohablantes lo querremos ser igual, y nos montaremos nuestra escuela monolingüe en castellano. Es lógico, ¿no?