CÉSAR RODRÍGUEZ
Es por todos conocido que los habituales mesías, las figuras elegidas por mandato divino y los salvadores de distinto pelaje hacen siempre su aparición en etapas de crisis profunda, cuando las defensas se encuentran en su estado más bajo.
Ahí está el ejemplo de la ascensión de los regímenes fascistas en la Europa de los años 30 o la lejana referencia histórica de Palestina en los primeros años de nuestra era cuando, aprovechando la etapa de podredumbre y dominación romana, fueron innumerables los autos ungidos como mesías o enviados de Dios que trataban de guiar supuestamente a un subyugado, perdido y condenado pueblo judío, un pueblo de por sí elegido por el Creador, según ellos mismos.
La figura histórica de Jesús se sitúa en este ambiente de fanatismo y nacionalismo exacerbado que mezclaba lo religioso con la política. En la España actual está ocurriendo lo mismo.
En las últimas semanas, enfangados como estamos en una situación económica de emergencia nacional, hemos tenido que soportar, gracias en muchos casos al bombo de unos medios de comunicación cada vez más folletinescos, la presencia casi circense del presidente del Fútbol Club Barcelona, Joan Laporta.
Nada más absurdo y lejos de mi intención que comparar la inabarcable figura de Jesús de Nazaret, pura, elegante, sutil, piadosa y universal, con la del señor Joan Laporta. Dios me libre.
El Fútbol Club Barcelona es una de las entidades deportivas más importantes del mundo, con un enorme prestigio y con una legión de seguidores a lo largo y ancho del planeta, que no merece que lo mezclen con los intereses políticos de unos cuantos señores, o mejor, salva patrias.
El presidente Laporta, como otros muchos nacionalistas, ha decidido que los catalanes son un pueblo elegido que no puede ser igual que los demás y, por tanto, deben de ser objeto de privilegio, afanándose, siempre que puede, en formar parte de esa descarada campaña de presión del nacionalismo catalán ante la inminente sentencia del Tribunal Constitucional acerca del famoso Estatut.
El lanzamiento constante de sus diatribas nacionalistas a través de los medios de comunicación o incluso en cualquier acto institucional, su aparición en la cabecera de una manifestación independentista como la de Arenys de Munt el día de la celebración de ese esperpento ilegal de referéndum, sus insultos furibundos a dos presidentes de Comunidades Autónomas y su última aparición en esa fanfarria de Montjuïc, amparado en el fuego 'nazionalista', dan buena fe de ello.
El señor Laporta es libre de acudir a tantas manifestaciones como desee, sean estas del signo que sean... me importa un real comino. Está en su derecho, faltaría más, pero a título individual, en segunda fila, mezclado, a ser posible, entre los asistentes.
Por mucho que se ampare en su derecho a la libertad de expresión y a la demostración pública de sus sentimientos nacionales, hay que recordarle que preside, aunque sea de manera circunstancial, una entidad deportiva que representa el sentir de miles y miles de personas en todo el mundo, catalanes y no catalanes, nacionalistas y no nacionalistas, de derechas y de izquierdas.
Lo que está claro es que su intención, más que evidente y premeditada, de poner de manifiesto públicamente, de dejar meridianamente claro, que la entidad blaugrana, según él, es motor y vanguardia de la construcción nacional catalana y así debe de ser por siempre jamás, ya está conseguido con su presencia en la dichosa y esperpéntica cabecera. ¡Bravo!
De cualquier forma, todo esto nada debe extrañar, ya que está en sintonía con un escenario cada vez más provinciano donde al mismísimo patrón 'San Jordi' lo han desposeído en las escuelas de su rango religioso y lo convierten simplemente en 'caballero don Jorge' y donde la imposición de cuotas de cine en catalán puede provocar multas de 75.000 euros.
En fin, volviendo al susodicho, el señor Laporta se equivoca gravemente al insultar la inteligencia de los seguidores barcelonistas queriendo manipular la existencia de la ya conocida frase “mes que un club” para convertirla en “mes que un president”.
Cuando este señor deje de representar al Barcelona como institución, que espero sea pronto, podrá optar por hacer lo que le venga en gana, entre otras cosas lanzar su, ya descaradamente lanzada, carrera política.
Mientras llega ese ansiado momento de liberación para todos, bien comido y bien servido, sólo me queda decirle: “¡¡La cuenta y La porta!!”, don Joan.