FRANCISCO MASSÓ CANTARERO
En el seno de toda familia, como en cualquier otro género de grupo humano, se libra una batalla constante por el poder, en diferentes planos y con códigos distintos. Dentro de la pareja, el equilibrio de poder se mantiene mientras dura el amor, porque éste favorece la complementariedad creativa, fecunda y sinérgica.
Cuando el amor se desvanece, se descubre ácida y, a veces, cruel, la pugna por el poder, el afán compensatorio de dominio, la revancha, urdida por el narcisismo de cada quien para domeñar o, al menos, humillar al otro.
Entre hermanos, la rivalidad, natural y necesaria en un principio, se decanta en ensañamiento hasta el fratricidio. Así lo atestiguan nuestros mitos en los que no siempre ganan los buenos: Caín y Abel, Osiris y Seth, Rómulo y Remo, Oracios y Curiaceos, los gemelos Aswin y tantos otros no sólo atestiguan la escisión maniquea del bien contra el mal, sino la pugna por prevalecer, por diferenciarse uno del otro, rompiendo el orden, haciendo trampas, que es como salirse por la tangente o derruyendo la estructura interna del grupo de pertenencia, que viene a ser como un suicidio tácito.
Pero la pugna por el poder es descarada, impertinente y retadora al llegar la pubertad. Esta es despiadada e implacable si, durante la segunda infancia, los padres se dedicaron a complacer a sus hijos, les ahorraron la más mínima frustración y les concedieron todo género de caprichos y antojos. Con estas prebendas, sin percatarse de ello, los padres les habrán otorgado a sus hijos la vara de mando, el generalato y los habrán convertido en niños-verdugo.
El púber sin límites impone sus gustos, sus normas, sus pretensiones y sus desplantes, sin tener conciencia de dónde está, quién es quien, ni ante qué tronos se presenta: “¡Ni formas, ni leches! A mí me apetece…, o a mí no me apetece…” Esta es su ley suprema y única, y los padres, genuflexos desde antaño, no pueden hacer otra cosa que acatar la soberana, aunque inmadura, voluntad de quienes detentan el poder en la familia.
Cuando dos adolescentes aparecen en un acto público entre mandatarios de máximo nivel no están allí casualmente, ni a título privado, como hijas de un Pepe y una Susi cualesquiera. Ellas forman parte de la comitiva que representa a un país de 42 millones de personas, que acumula cerca de 3.000 años de historia. Los gastos de su viaje los ha sufragado ese país y tienen deberes para con él, como no dejarlo en ridículo, ni abochornarlo.
Sin embargo, desde el fondo críptico de la dinámica familiar, por las formas, que son como los frutos de un árbol, se puede traslucir qué pasa dentro, quién manda ahí, quién impone sus no-formas, desafueros y exabruptos. Si hacemos causa de la improcedencia, sólo nos cabe esperar la calamidad.
Y esto es lo pasmoso: que en casa del herrero, el yunque y el martillo lo manejan dos púberes, y en el taller del zapatero, la horma está al pairo de la veleidad y la inconsistencia.