LA VOZ LIBRE
lunes, 15 de marzo de 2010 | 
Mª Eugenia Yagüe
jueves, 26 de noviembre de 2009, 18:12

Jaime de Marichalar dejará de ser duque de Lugo

Mª Eugenia Yagüe

 

Pierde la coronita bordada

Días amargos para Jaime de Marichalar. La confirmación pública de su divorcio va más allá de la ruptura habitual de una pareja. Es una humillación, un fracaso personal, una pérdida de autoestima, una bajada en la escala social.

El día que se emita la sentencia de divorcio ya no será duque de Lugo. Le queda poco para seguir ostentando un título que dice que jamás ha pretendido mantener al dejar de ser consorte. Y le creemos.

Su tragedia no radica en la coronita que debe arrancar de sus camisas bordadas por primoroso encargo. Ni en tirar a la basura esos tarjetones con el escudo del ducado que siempre escribía con tinta verde.

Los ignorantes del protocolo de altura pensamos, al recibir una de sus felicitaciones navideñas, que había perdido la pluma o que era uno de esos toques snob que adorna su personalidad. Pues no, es que la aristocracia de verdad escribe por lo visto con tinta verde. Siempre estamos aprendiendo.

El drama de Jaime de Marichalar es que nunca pensó que una infanta de España iba a tener el valor de dar el portazo y dejar un triplex decorado con gusto exquisito, terraza, jardín y piscina, dominando lo mejor de La Milla de Oro, para marcharse a una casita en una colonia de medio pelo de un barrio corriente de Madrid.

Marichalar jugó a la osadía de pasearse en patinete por el carril-bus de Príncipe de Vergara, se puso un montón de pañuelos de colores al cuello para desafiar a la gente pija de la calle Serrano y bostezó de aburrimiento en el Club de Campo, mientras la infanta disfrutaba montando a caballo, su afición favorita.

Jaime de Marichalar creyó que las princesas son más sufridoras que el resto de las ciudadanas y se encontró con una mujer de ‘rompe y rasga’ que, además, encontró el total apoyo de su padre para mandarle a paseo.

> En la imagen: El todavía duque de Lugo, Jaime de Marichalar.

 

Belén Ordóñez ya ve el final del túnel

Después de veinte días en la Clínica López Ibor, Belén Ordóñez ha vuelto a casa. A partir de ahora, irá a la consulta de su psiquiatra algún día por semana, como lo hacen los protagonistas de las películas de Woody Allen, sin dramatismos y como el que va a la peluquería.

La hermana de Carmina se siente bien ahora, después de superar el primer tramo de una depresión profunda que padece, según ella, desde la muerte de Carmen.

Pero sufre cuando le llegan ecos de las interpretaciones que algunos hacen en los platós de televisión acerca de su paso por la clínica. “Sobre todo, lo que dicen de mi hija”, se lamentaba hace un par de días. “Ni yo he venido a desintoxicarme, ni Belencita tiene trastornos graves o adicciones inconfesables. Está conmigo de acompañante y, de paso, consulta con un psicólogo. A ningún joven le viene mal tener a alguien que les aconseje cuando no saben muy bien cómo orientar su vida. Que se metan conmigo… yo ya tengo una coraza, pero que dejen a mi hija en paz”.

Belén cuenta con el apoyo de sus sobrinos Francisco y Cayetano, pero asegura que el tratamiento se lo ha pagado ella con las rentas de los dos locales que tiene en Sevilla. “No estoy en la ruina, ni dependo de la caridad de amigos o de la familia”.

Pero lo cierto es que Belén no ha tenido suerte en la vida, ni ha sabido remediar tanta fatalidad, que se ha cruzado en su camino. Ella ha trabajado durante años como azafata de congresos y en galerías de arte. Ha vivido en París, habla idiomas, escribe bien y es mucho más culta que su hermana, tan guapa como poco leída.

Belén dice que quiere montar un taller para pintar seda. Ya lo hizo en una ocasión y sus telas tuvieron éxito. Ojalá, esta vez tenga suerte.

> En la imagen: La hermana de Carmen Ordóñez, Belén.

 

Los Thyssen de verdad se frotan las manos

Con la que está cayendo en la familia y va la baronesa Thyssen y se nos pone a posar en ‘¡Hola!’, en su casa de Marbella, por aquello de que Matamúa, como bautizó el barón su mansión española favorita, nunca había salido en la foto.

Mientras en el mundo del arte hay una gran inquietud porque la discreción habitual que reina en esos ambientes, y hasta secretismo, se ha convertido en un patio de vecinos gracias a las trifulcas entre Borja Thyssen y su madre, Carmen Cervera saca sus joyas, se pone el modelito de Chanel y a hacerse fotos como una reina. Como si dos días antes de salir la revista no hubiera denunciado a su hijo en los Juzgados, y el propio Borja y su mujer no hubieran declarado la misma semana como consecuencia de haber ‘limpiado’ de documentos el despacho de su madre.

La guerra de los Thyssen pasa de las páginas de color a la sección de sucesos, pero ellos se empeñan en quedarse en la prensa del corazón, como si no hubiera pasado nada.

Mientras, cuentan que los otros Thyssen, los de verdad, se frotan las manos pensando que de seguir adelante el pleito entre madre e hijo, el pacto de familia por el que los herederos cobraban una inmensa fortuna a cambio de discreción y silencio les puede hacer todavía más ricos.

> En la imagen: La baronesa Thyssen.
 

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