Celosa de su vida privada
De negro, de arriba abajo, vestida por su amiga Elena Benarroch, y con un toque dorado, el de la joya diseñada por su amigo Adolfo Barnatán, ex marido leal de Benarroch y escultor y artista de reconocido talento.
Así llegó Sonsoles Espinosa a la inauguración de la tienda de joyería de Adolfo Barnatán, el artista argentino casado con Elena Benarroch, diseñadora de moda y peletera de probado prestigio, muy cercana al Partido Socialista. Y como prueba de que los gobiernos pasan y Benarroch permanece, allí estaban dos ex ministros de González, Solchaga y Barrionuevo, y en una vitrina se exponía un colgante de ámbar firmado por Felipe González, joyero aficionado que adorna a todas las celebrities de la izquierda, desde Carmen Calvo hasta la propia Sonsoles.
Benarroch siempre ha formado parte de todas las Bodeguiyas progres de Moncloa y ahora más que nunca, como amiga y responsable de la imagen de la esposa del presidente del Gobierno.
Desde su llegada a Moncloa, Sonsoles ha conseguido mantener una distancia absoluta entre su vida privada y familiar, y la única actividad pública que se le conoce es la de soprano segunda del coro del Teatro Real de Madrid. Nunca ha dado una entrevista, no ha abierto la puerta de su casa a ninguna revista del corazón, no sabemos cómo decora su hogar en Navidad.
La privacidad de sus dos hijas también ha sido prácticamente intocable hasta que las niñas aparecieron junto al matrimonio Obama en Washington con aquella famosa indumentaria gótica que poco tiene que ver con la elegante imagen de su madre.
Tienen razón los Zapatero cuando luchan por mantener alejadas a sus hijas de la curiosidad de la prensa, pero no entendemos que Sonsoles haya pasado delante de los pocos y respetuosos periodistas que cubrían la inauguración de Adolfo Barnatán con la cabeza baja y sin decir ni buenas tardes. ¿Tiene algo que ver la buena educación con el respeto a la vida privada?
> En la imagen: La mujer de José Luis Rodríguez Zapatero, Sonsoles Espinosa, junto a Adolfo Barnatán.
¿El milagro de Borja Thyssen?
Borja Thyssen tiene pocas luces, dicho con todo respeto, a juzgar por la trayectoria que ha llevado hasta ahora en su vida privada, exhibida hasta la saciedad por él mismo hasta hacerla pública.
Recordemos: una Harley Davidson de gran cilindrada en medio del salón de su casa de Ibiza, como quedó reflejado en uno de los muchos reportajes exclusivos para ‘¡Hola!’, los cuales parecen ser su única actividad laboral remunerada. Bodas, banquetes y bautizos, con trifulcas familiares incluidas en las distintas ceremonias. Pruebas de paternidad solicitadas por su madre, que habrían quedado en el anonimato si él mismo y sus portavoces no las hubieran dado a conocer. Y así sucesivamente. Un cúmulo de errores que han desembocado en el último y más llamativo: presentarse en el museo Thyssen con un notario para reclamar cuadros que entran en el acuerdo firmado por los Thyssen con el Gobierno de la nación. O sea, intentar expoliar al pueblo español de un bien cultural pagado con sus impuestos para que este chico y su pareja, Blanca Cuesta, se lo gasten en Dolce Gabanna en un par de tardes.
Algo de sensatez ha debido filtrarse entre tanto despropósito, ya que Borja ha contratado a una agencia de comunicación para darle un vuelco a su imagen.
La elegida ha sido Belén Quijada, una periodista a la que tratamos más de cerca cuando entró en el gabinete de comunicación del palacio de La Moncloa durante el gobierno de José María Aznar.
Belén formaba parte del entorno de Ana Botella. Su trabajo fue impecable. Gracias a ella, la presidenta consorte se hizo más cercana y asequible para los periodistas. Nunca hubo trabas ni censura. La imagen de Ana Botella ganó muchos enteros gracias a los profesionales que la rodeaban.
Ahora, Belén Quijada tiene un hueso duro de pelar: hacernos creer que Borja Thyssen tiene arreglo.
Parece que ya es consciente de lo duro de su tarea. Una cosa es hacer frente a un reto y otra… hacer milagros.
> En la imagen: Borja Thyssen y su pareja, Blanca Cuesta.
Junot, el hombre de Maddox
¿Qué fue de Philippe Junot, aquel primer marido de Carolina de Mónaco, play boy reconocido, simpático y seductor, asiduo de la Marbella de los tiempos dorados?
Junot había dejado París, quizá por razones fiscales o sociales, y había establecido en Madrid su centro de operaciones. En la capital de España residen también algunos de sus mejores amigos, como Carlos Goyanes y Cary Lapique. En Marbella está su ex mujer, Nina, con la que mantiene una buena relación, madre de sus tres hijos y flamante esposa de Fernando Goizueta, miembro del clan histórico más importante de Guadalmina, la capital financiera de Marbella.
Junot alquiló hace dos años un espléndido apartamento en el Paseo de la Castellana y encargó la decoración a su amigo Lorenzo Queipo de Llano. Un piso espectacular lleno de detalles de buen gusto y lujo discreto.
Hasta que estalló el ‘caso Maddox’ y resultó que Junot era uno de sus hombres en Francia.
Resultado: una auténtica ruina para el ex de Carolina, por el que hicieron inversiones ruinosas sus amigos de París.
Él mismo ha sufrido un batacazo económico monumental. Su piso de Madrid ha sido desmantelado. La inversión en cuadros, antigüedades y muebles de valor, esfumadas en deudas. Y él mismo, desaparecido en combate. Y nunca mejor dicho.
> En la imagen: El primer marido de Carolina de Mónaco, Philippe Junot.