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LA VOZ LIBRE

Política

Andrés Esteban

Andrés Esteban

Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas y de la Administración
miércoles, 11 de diciembre de 2013, 14:54
Igualdad sí, paridad no

Un movimiento importante en la lucha por la igualdad, como derecho fundamental del ser humano y de la mujer en especial, que hay que destacar, es el llamado “movimiento por la paridad” que surge en Francia a principios de la década de los noventa.

Reformular la democracia y extenderla a más individuos y a más grupos sociales es una exigencia frecuente en numerosos foros internacionales y de derechos humanos. Una de esas desigualdades estructurales difícil de desactivar y que pone en cuestión la legitimidad de la democracia es la baja presencia de mujeres en los espacios de representación política.

El feminismo cuestiona la legitimidad de una democracia en la que la mayoría de sus instituciones representativas excluye a las mujeres, no legalmente pero sí de hecho. No hay democracia política legítima que excluya a la mitad de la población. Y por ello plantea la paridad como un proceso estratégico de lucha contra el monopolio masculino del poder.

Para entender la política de paridad hay que remitirse al siglo XVIII, donde se construye una epistemología basada en una razón universal accesible a todos los individuos y una ética basada en principios y derechos universales.

Libertad, igualdad y fraternidad son las señas ideológicas de la revolución francesa y de una nueva manera de entender las relaciones sociales y políticas. Sin embargo, esos derechos que son definidos en términos de universalidad, cuando han de ser concretados políticamente se van a restringir para las mujeres.

Rousseau elabora una teoría de inferioridad ontológica de las mujeres, pues no sólo las excluye de lo público y político sino que también postula una normatividad femenina basada en el férreo control sexual, la domesticidad, la exaltación de la maternidad y la sumisión al esposo, todo ello en el contexto de la familia patriarcal.

Hobbes, Locke y Rousseau decidieron que la constitución de la naturaleza femenina colocaba a las mujeres en una posición de subordinación en todas las relaciones sociales en que participaban.

Carole Pateman es una autora que pone de manifiesto la contradicción de estas teorías fuertemente universalistas en sus planteamientos originales y decididamente excluyentes en su concreción política. No entiende como los relatos de los estados de naturaleza en los que se decreta y consagra la igualdad y la libertad de los seres humanos, cuyo referente legitimador han sido precisamente esos estados de naturaleza, excluyan a las mujeres de la libertad civil y de la ciudadanía política.

La paridad puede ser argumentada desde un paradigma político de la igualdad y desde uno de la diferencia. Sin embargo, es necesario señalar que el paradigma político de la igualdad asume la indiscutible realidad de la diferencia de género, pero parte del supuesto de que esa diferencia es una construcción socio-histórica y no una realidad ontológica.

Desde el paradigma de la diferencia, la paridad puede ser fundamentada en la idea de que la naturaleza masculina y la femenina son diferentes. El ejemplo más claro de esta posición es Luce Irigaray, quién afirma que la diferencia sexual es universal, por lo que la naturaleza humana es dos.

¿Y cómo es posible que un decrépito tópico masculino, la idea de la diferencia, se haya convertido en una disputa feminista?

Pues Irigaray lo sustenta en que las mujeres piensan, sienten, hablan y actúan de una manera diferente a los varones. Una crítica a Irigaray es la de María Luisa Cavana, que dice que ésta, Irigaray, no explica de dónde procesen esas diferencias, si se trata del resultado de la dominación patriarcal o si tiene algo que ver con las hormonas femeninas.

Sylviane Agacinski refuerza la tesis de Irigaray cuando señala que ser mujer constituye una de las dos maneras de ser un ser humano. Por eso, para esta autora la paridad no es una estrategia política sino un principio que consiste en hacer entrar a las mujeres en tanto que mujeres en las instancias de decisión.

El paradigma político de la igualdad se fundamenta en el restablecimiento de la auténtica universalidad hurtada por el patriarcado. Desde este punto de vista la paridad, como una de las formas que pueden allanar el camino a la realización de la igualdad, no sería un principio sino una estrategia orientada a ampliar la libertad, igualdad y autonomía de las mujeres en sociedades patriarcalmente estratificadas. La paridad, pues, se inscribiría en el ámbito de las políticas de igualdad.

Nuestra ley de igualdad se basa en este paradigma y mediante las políticas de discriminación positiva pretende establecer la equidad entre los géneros. Además, mediante la imposición de cuotas pretende evitar la reproducción de los esquemas de dominación-subordinación. Esta cuota se traduce, por ejemplo, en la obligatoriedad de elaborar una lista electoral con no más del 60 por cierto de personas del mismo género. Aunque, cabe advertir que todas las políticas de discriminación positiva pueden tener efectos perversos en la medida en que pueden discriminar positivamente a quien no tiene suficientes méritos y negativamente a quien los tiene. Esta no es una excepción. Pongo por ejemplo lo que ocurrió en el municipio tinerfeño de Garachico, donde se rechazó una lista electoral con 16 mujeres porque incumplía la ley de igualdad.

Así pues, creo que la igualdad en derechos, oportunidades y de trato de todas las personas es hoy uno de los puntales de la democracia en todo el mundo, y un país como España, que se considera progresista e innovador en derechos políticos y sociales, no puede ser ajeno a la igualdad entre mujeres y hombres en todas las esferas de la vida pública, económica y social de nuestra sociedad.

Pero a la hora de defender esta igualdad entre hombres y mujeres, se podría decir, que soy un poco diferente o “políticamente incorrecto”. Es decir, no creo fundamental la elaboración de políticas públicas de igualdad encaminadas a promover cambios en el diccionario (tipo miembros y miembras) o promover cuotas paritarias en listas electorales y de contratación, que tanto daño hace a la justa reivindicación de leyes y normas por una igualdad real y efectiva, sino que considero esencial promover eso mismo, la igualdad real y efectiva de los españoles sin distinción de género. 

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Dice ser Anónimo
miércoles, 08 de enero de 2014, 12:13
"... la naturaleza humana es [son] dos... ", y cuando se funden crearan a un tercero que es la continuidad biológica de la especie.

Dice ser HMX
viernes, 03 de enero de 2014, 11:56
Una observación para el Sr. Esteban sobre "género".

Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo: "Las personas de sexo femenino adoptaban una conducta diferente". Es decir, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo, y no género.

En español no existe tradición de uso de la palabra género como sinónimo de sexo. Es tradición anglosajona, por cuestiones de religiosidad puritana, la palabra "sexo" tiene connotación pecadora de ahí el eufemismo "gender" (género).

La palabra género tiene en español los sentidos generales de: 'conjunto de seres establecido en función de características comunes' y 'clase o tipo': "Hemos clasificado sus obras por géneros"; "Ese género de vida puede ser pernicioso para la salud".

Las palabras en su orígenes tienen, etimológicamente, carta de naturaleza en su definición precisa.


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