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LA VOZ LIBRE
miércoles, 19 de abril de 2017, 09:43
Tramabús o la demagogia posmoderna

Esta martes, escuchando a Pablo Iglesias, mesías de Podemos, en una intervención en 'El Programa de Ana Rosa', he podido vislumbrar a un hombre en un estado de casi hipomaniaco, histriónico y sobreactuado, repitiendo mantras que giraban en torno a dos ideas: “nosotros decimos la verdad” y “ya era hora de que alguien dijera esto en este país”. No le sacaban de ahí ni con agua caliente.

El objeto de su intervención era una denodada defensa de un contra-bus que han fletado desde Podemos. Es decir, frente al autobús de Hazte Oír -aquel que a mi modo de ver no quebranta en su mensaje ni un solo precepto del Código Penal- el partido populista ha contraprogramado, aprovechando ya el fin de la Semana Santa y la galbana de las redacciones, un autobús en que se exhiben una serie de personajes públicos, pintados de una forma que permite su incuestionable identificación, bajo un lema claro: “Un vaso es un vaso, un plato es un plato y una mafia es una mafia”.

Así pues, lo que se deduce inequívocamente es que, no siendo representados ni vasos ni platos, sino personas, los allí obrantes forman parte de la “trama” de la mafia, la nueva palabra de moda de la temporada primavera-verano del “agit-prop”, ante el agotamiento de stock del término “casta”, que dejó de emplearse por aquello del nepotismo cuando Irene Montero accedió a su puesto, o cuando el propio Ramón Espinar padre fue condenado. Así, para evitar aquello de que “de casta le viene al galgo”, se buscó una palabra bisílaba, con una sonoridad similar, y capaz de repetirse, de nuevo, hasta el hartazgo.

En esa guagua, como dirían mis queridos canarios, desfilan gentes variopintas, y donde la asociación de ideas se basa, esencialmente, en una cuestión ideológica, es decir, los malos de la película son los enemigos del podemismo y del bolivarianismo español.

Así, Eduardo Inda, por ejemplo, no es un delincuente, sino un periodista que ha destapado importantes casos de corrupción en España. Al mismo se le sienta en esa diana con Bárcenas Blesa, por ejemplo. Se equipara a Cebrián con Aznar, o con Esperanza Aguirre. Una suerte de concatenación de la iconografía del infierno de Dante para los acérrimos de la formación morada. “Los pecados capitales”, versión Echenique. Me recuerda a esa necesidad iconográfica de etapas primitivas de la Historia, cuando ante el analfabetismo del pueblo, era preciso acudir a la imagen para trasmitirle las ideas. No es publicidad, es pura instrucción simbólica, casi totémica. Será que consideran que los destinatarios son seres sin ilustrar, no lo sé.

Podemos está rebajando el nivel de la política tanto al espectáculo, al puro eslogan sin sustancia, que, al final, se van a quedar en eso, en una cuadrilla de juglares frente a una tentativa de partido reformista.

Aún no se ha visto una sola proposición de ley de esta formación que haya suscitado, siquiera, un debate serio y reflexivo, ni en el Parlamento ni en la sociedad civil. De hecho, en las Cortes, más que plantear el diálogo sobre un tema–como se ha hecho con la eutanasia, cuestión muy interesante para abordar un estudio legislativo-, hay que esforzarse un poco más (quizá salir menos en la tele o de excursión a Berlín) y presentar, cuanto menos, un texto para su estudio, enmienda y votación. Eso es lo que pagamos los contribuyentes a los diputados, que debatan en sede parlamentaria y legislen, no que se enfrenten en La Sexta y hagan teatro con lo público, o conviertan las Cortes en una corrala donde representar sus sainetes.

Quiero suponer el malestar en los sectores de Podemos formados por gente culta y honrada, que los hay, ante ocurrencias como el “trama-bus” o la simplificación del mensaje hasta el nivel de lo sonrojante, salvo que sea la estrategia de la élite pensante del movimiento para su nuevo “asalto” a los cielos.

En el fondo, habiéndose erigido en los principales críticos del autobús naranja, su capacidad inventiva ha quedado retratada. Sin embargo, Iglesias ufano ha salido hoy, embebido en su propio ego, a levitar por los platós, como una suerte de “Tribuno de la Plebe”, autoproclamándose una suerte de portavoz de esa “gente” que no les vota, al menos, en suficiente número, siquiera para formar una alternativa de gobierno.

Más allá del devenir psicodélico del personaje político de marras, que me preocupa por cuanto le pago su sueldo mancomunadamente, los últimos movimientos de Podemos me llevan a plantearme si estamos ya ante las luces de una estrella que se apagó hace meses, y cuyos destellos aun percibimos. Esta formación solo existe en la calle, no en las instituciones, donde se diluye salvo que toque poltrona como un azucarillo. No sabe ser oposición, y si gobierna –en municipios, por el momento-, las ocurrencias son el Padrenuestro diario. Podemos vive de la barricada, no del diálogo constructivo, porque el argumentario es de “cartón piedra”, un “y tu más” permanente. Se ha instalado en la idea de que la imagen es mucho más relevante que el fondo, y eso es efímero.

En esa misma línea de descrédito e insulto a sus potenciales votantes, se creen más “de la gente”, del “pueblo”, o de izquierdas incluso, si utilizan un vocabulario soez y zafio, “me la suda o me la pela” o locuciones de tal ralea, para acercarse más al electorado.

Nada me parece más discriminatorio y vejatorio que los estereotipos. Que se crea un político que, hablando como si fuera un matón de barrio, está más cerca del ciudadano más humilde económicamente, supone escupir en la cara a miles de españoles que, sin grandes fortunas, leen, estudian o al menos, tienen la educación suficiente para vestirse y comportarse en cada lugar como procede. Puro clasismo vestido de obrerismo, Sr. Iglesias. Nihil novum sub sole.  

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