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LA VOZ LIBRE
martes, 21 de marzo de 2017, 09:21
La izquierda nunca fue catalanista

Hay que aclarar: antes del franquismo. El anarquismo y el socialismo siempre consideraron al catalanismo como cosa de las derechas, la burguesía, el carlismo y la Iglesia. Primero fue regionalismo (la Lliga regionalista), que, formando la coalición Solidaritat Catalana, dio la campanada en las elecciones del 1907: ganó 41 de los 44 escaños catalanes. Pero la izquierda no picaba: ni la CNT, ni la UGT-PSOE, ni el populista Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, todos eran reacios al catalanismo. Tras la guerra del 14 –y el triunfo de la revolución soviética- el catalanismo corrió a revalidarse por la izquierda. El siglo XX iba a cambiarlo todo y debía superar al caótico siglo XIX: la ideología del Noucentisme, urbano y futurista, vino a suplantar al caduco Modernismo conservador y rústico. D’Ors, el futuro ideólogo del franquismo, lo fue primero del catalanismo noucentista: había que abandonar la Región y propugnar el Estado, que encarnaría las virtudes de la Raza. El Orden y la Norma sería la característica de la vida de los ciudadanos, dedicados con pasión al trabajo, al deporte y a forjar un futuro nacional alegre y limpio. Puro fascismo, precedente de buena parte del léxico de la Falange.

Fruto de ese salto –y de la torpe represión del catalanismo por el dictador Primo de Rivera- fue el nuevo partido ERC, Esquerra Republicana. Siempre he sostenido que en el título del partido se declara su intención de ocupar el espacio de la izquierda obrerista (esquerra), y el del republicanismo de Lerroux (republicana). Con la llegada de la 2ª República, ERC se hizo hegemónica, y desbancó a la Lliga: “Visca Macià, mori Cambó”, cantaba la gente. Y cuando ganaron las derechas, el nuevo catalanismo creyó llegado el momento de dar el golpe: las sedes de ERC en todos los pueblos estaban listas y armadas para imponer el nuevo orden el 6 de octubre de 1934. Todo acabó rápido, la Generalitat en la cárcel y los cabecillas huyendo vergonzosamente por las cloacas. Pero de nuevo, con el golpe fascista del 36, los obreros anarcos y socialistas desbordaron al poder establecido. Companys dijo que el poder real estaba en la calle. El catalanismo fue una pequeña parte de la revolución y de la guerra, y no la más lucida.

La dura y larga posguerra trazó una espesa raya, un punto y aparte: ya nada sería como había sido. La derrota del Eje acabó de sepultar el paradigma del pasado. Todo se reformuló: el catalanismo, al formar parte de los vencidos del 39, pudo engancharse a los ideales de libertad, europeísmo, democracia. El franquismo era una antigualla impresentable, con toda la fuerza pero sin pizca de futuro. La iglesia se fue distanciando del régimen, y amparó el nuevo catalanismo de Pujol y los grupos obreros. El catalanismo fue infiltrándose más y más en los espacios ciudadanos: el escultismo, las escuelas activas, el movimiento vecinal. De ahí viene la identificación del catalanismo con lo progresista, con las izquierdas. Y de ahí viene la confusión actual de los Podemos y los Comunes, que se llenan la boca con “los derechos de los pueblos”. Nada más aberrante. Créanme: el catalanismo es lo de siempre, pura reacción, es la Gironda, es el retorno a la sociedad estamental. Como dijo Racionero (candidato de ERC el año 1982): “aquí no hay un partido lepenista, porque su espacio ya está ocupado por Esquerra Republicana”.

> En la imagen, el cartel de Solidaritat Catalana.

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