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LA VOZ LIBRE
lunes, 14 de junio de 2010, 15:22
Funcionarios: primer golpe a Zapatero

Es obvio que las cosas no le van bien a Zapatero, que ya no tiene quien le escriba (positivamente): las encuestas evidencian su caída en picado, los comentaristas radiofónicos y literarios se ceban en él. Y este martes tiene que superar la primera gran prueba digamos 'social' de los seis años que lleva en el poder: la huelga de funcionarios. Una huelga extraña, magmática, pero altamente significativa.

Carezco de experiencia personal o familiar en el funcionariado; por definición, un periodista recela de aquella frase irónica, creo que importada de México, según la cual "vivir fuera del Presupuesto estatal es vivir en el error". Quiero decir que confieso haber vivido algo lejos de los servidores públicos, aunque no menos distanciado de esa crítica, a menudo envidiosa, que sitúa al funcionario en un paraíso seguro, en el que se le exigen pocos esfuerzos laborales. Un cliché más, de los muchos que necesitan urgente revisión. Me parece que es complicado hacer una radiografía global de los tres millones de funcionarios existentes en España; demasiada dispersión geográfica, temática y hasta salarial.

Quizá por esa misma dificultad de generalizar acerca de ese fenómeno llamado 'funcionariado', el recorte global de unos salarios que se habían garantizado por pacto hace no mucho puede haber sido un error. Una equivocación que ha hecho que se pongan de acuerdo tantos intereses dispersos, distintos y hasta distantes. Una muestra más de la inseguridad jurídica que nos ahoga, no sólo a nosotros, sino al conjunto de los ciudadanos europeos: y es que es preciso que algo cambie para que todo NO siga igual, es decir, lo contrario de lo que le atribuyen a Lampedusa. Ahí, por ejemplo, tenemos nada menos que al vicetodopoderoso ministro de Fomento, José Blanco, preguntándose para qué sirven las diputaciones provinciales; la verdad es que yo tampoco estoy muy seguro, pero ese es otro cantar.

Se empieza así y se acaba transformando el mapa territorial que nos legó Javier de Burgos, que, por cierto, tampoco me parecería una idea del todo mala. Síntoma de los cambios que imponen los tiempos, cuando en realidad lo mejor hubiera sido que los cambios, planificados, se hubiesen superpuesto a las coyunturas. Pero no se hizo así, ni con este Ejecutivo ni antes, y hay que introducir cosas nuevas con urgencia, y temo, por él, que la mayor parte de este ingrato trabajo le ha tocado a Zapatero, que no sé si tiene muy claro cómo pilotar este complicado aparato. Ha comenzado por las esencias: los servidores públicos.

No estoy seguro ni siquiera de que sobren tantos funcionarios como dicen en España. Lo que están algunos es mal utilizados por una clase política que tradicionalmente ha usado al funcionario, que por naturaleza me ha parecido siempre un ser paciente y poco reivindicativo, para sus propios intereses electoralistas. Eso es lo peor para Zapatero: que, en su afán por recortar el gasto público -y no le queda, ya lo sabemos, otro remedio-, ha tenido que aplicar las tijeras a los intereses de esos servidores de la cosa pública entre los que se encuentra lo mejor -y, en cierta forma, lo peor- de una clase media que constituye el basamento del país.

Enfadar a los funcionarios es como hacer que tiemble el terreno: puede ser el principio del fin del edificio que ha construido un Gobierno, el de Zapatero en este caso. Si, además, se tiene en vilo a la sociedad civil, qué quieren que les diga. A ver qué acaba ocurriendo este martes de pasión, primer listón en la carrera de superobstáculos que le aguarda a Zapatero.

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