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LA VOZ LIBRE
jueves, 20 de mayo de 2010, 19:18
Sueldos, recortes y corruptelas

Este país nuestro, cuando se pone a ello, se pone a ello. Ahora viene Cayo Lara, el líder de Izquierda Unida -por quien, por cierto, siento el mayor respeto, conste- y pide que nadie cobre más que el presidente del Gobierno: hay docenas de cargos públicos que superan ampliamente los emolumentos de Zapatero, aunque no su forma de vida, necesariamente 'gratis total'. Me parece que Cayo Lara se pasa en sus proclamas, aunque comprendo que sean bien recibidas por la opinión pública. Mientras, aunque no conste en documento oficial alguno, diputados y senadores se declaran, al menos en conversaciones privadas, dispuestos a bajarse el sueldo como el resto de los funcionarios, y hasta es posible que lo hagan.

Claro que no todos los servidores públicos se muestran tan disciplinados y claro que no todos aceptan tan de buen grado el 'tijeretazo'. Hay, por ejemplo, policías y guardias civiles que van a ver recortados sus complementos, esos complementos con los que hacían pasable un salario más bien exiguo. Y he percibido no poca irritación entre funcionarios amigos y familiares míos ante la sensación de que, mientras algunos presuntamente se forran en la vida pública, a ellos les toca pagar el pato más gordo de la crisis. Ese es el fermento principal de esa huelga de la función pública que se nos avecina.

La sentencia del Supremo sugiriendo que el presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, recibió regalos "de forma repetida", una sentencia que ha sido conocida ahora, llega, en este sentido, en el peor momento. Como llegan en el peor momento las sugerencias malévolas sobre el 'enriquecimiento súbito' de José Bono. Ya he repetido algunas veces que, en mi opinión, puede que ambos casos estén claramente exagerados, pero eso no invalida la sensación generalizada de que, desde la cosa pública, se da una cierta negligencia a la hora de vigilar los fastos, los gastos, los regalos y las regalías. Y, con la que está cayendo, el personal no está para demasiados distingos.

La gente percibe que, desde las autonomías (y desde ciertos ayuntamientos) se gasta demasiado en cosas de escasa rentabilidad. ¿Es eso corrupción? Seguramente, no en puridad; pero son las coyunturas las que, muchas veces, marcan la frontera entre lo intolerable y lo que es simplemente turbio, o sea, poco claro. Y ahora, con tres millones de funcionarios viendo mermados sus ingresos, con cuatro millones y mucho pico de parados y más millones aún de mileuristas, la coyuntura no da para muchos lujos.

Ante este panorama, poco da que algunos altos cargos muy bien pagados limiten sus sueldos al tope de lo que cobra Zapatero, o que, como ha pedido el Parlamento, el presidente disminuya el número de ministros. Pero ya digo: la política de gestos es un ingrediente principal de la política, asignatura en la que la estética es, al menos, tan importante como la ética. Puede que casi todos sean éticos; sin embargo, no todos, desde luego, son estéticos. Y Zapatero, tan ducho en esa política gestual, tiene que salir ahora al centro del ruedo y hacer algún brindis a la plaza antes de iniciar una faena espectacular: solo eso podrá salvarle.

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