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LA VOZ LIBRE
viernes, 07 de mayo de 2010, 12:41
Condenados a entenderse... ¿o no?

Casi todo lo que leo estos días sobre la 'cumbre' Zapatero-Rajoy de este miércoles tiene un tinte de escepticismo. Son muchos años de incomprensiones (me parece que más aparentes que reales), de mucho aislamiento mutuo, de excesiva falta de sintonía, como para que ahora los españoles que queremos pactos-pactos-pactos, asistamos con un mínimo de ilusión al espectáculo de La Moncloa, por desgracia tan infrecuente, consistente en una reunión entre los dos políticos más poderosos del país. Pero esta vez no puede ser una más, como las otras once en las que el jefe del Gobierno y el de la oposición se han (des)encontrado. Asisto esperanzado y con cauto optimismo a la entrevista que, finalmente, tendrán este miércoles.

Con todas las críticas que puedan hacerse a ambos, con la poca credibilidad que les dan las encuestas, tengo que decir que considero que los dos son personas de buen sentido, honrados y patriotas. Sería casi una traición a la idea de España no juntar la fuerza que dan veintiún millones de votos para echar una mano al país. Lo hicieron en Grecia -sin entrar en comparaciones imposibles- y también en Portugal, ante los ataques contra la estabilidad económica del país lanzados por tiburones financieros.

Este martes ha sido un día de pánico en las bolsas, de rumores incontrolados, a veces insensatamente propalados: solamente eso merecería un acuerdo entre los dos grandes partidos que gobiernan el país -sí, también las llamadas autonomías históricas están, en el fondo, gobernadas, aunque sea en coalición, por una u otra de las dos mayores formaciones nacionales-. Solamente ese pacto puede llevar a la deseada contención del gasto público y a convencer a los españoles de que quizá haya llegado un período de cierto sudor y lágrimas para restablecer a corto plazo el anterior equilibrio.

Si a la crisis económica le añadimos el indudable crecimiento de una cierta crisis institucional tendremos una radiografía de la necesidad de un acuerdo de más amplio calado que el que supone la tasación de la agenda de conversaciones a dos temas: Grecia y la reforma del sistema financiero. Cuestiones ambas en las que, por otro lado, existe ya un grado de consenso entre Gobierno y oposición. ¿Tan difícil sería ampliar el temario a tratar, incorporando cuestiones 'políticas', como la renovación del Tribunal Constitucional, la erradicación de la corrupción o incluso objetivos a medio plazo, como el estudio de una prudente, pero ya necesaria, reforma de la Constitución, incluida la normativa electoral y el Título VIII?

El vendaval que nos azota exige pensar en grande, con generosidad y con ambición. De nada valen, en estas condiciones y con el evidente desánimo ciudadano, tan patente en las encuestas, las medidas alicortas, las 'reducciones de gastos' a base de suprimir apenas tres decenas de direcciones generales, los encuentros con limitación de materias a abordar... Muchas veces, demasiadas, hemos salido frustrados: un acuerdo de envergadura no puede esperar ni un día más. España es un gran país, lleno de potencialidades, y sería suicida hundirlo en el pozo negro de la desesperación simplemente porque quienes conducen nuestro tren no saben hacerlo.

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