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LA VOZ LIBRE
jueves, 23 de abril de 2009, 11:43
Lo de Blanco y Aguirre

Cómo ha cambiado el cuento en las relaciones entre el aún vicesecretario general del PSOE, José Blanco, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Pintan copas entre "Pepiño" y "Esperancita". Así se referían el uno a la otra y la otra al uno hasta el minuto anterior al nombramiento de Blanco como ministro de Fomento en el Gobierno del cambio de ritmo de Rodríguez Zapatero.

Habida cuenta que Blanco pertenece al mismo partido que Magdalena Alvarez, su antecesora en el departamento inversor por excelencia, y que ésta también se llevaba fatal con la mencionada Esperanza Aguirre, habrá que empezar a pensar que esto de la política funciona por grados de química personal. Mala noticia, cuando la política se traslada a los ámbitos de la gobernación. Es decir, cuando sale de la sede de los partidos y se convierte en el leit motiv de las obras públicas, la gestión del interés general o el funcionamiento de las instituciones.

Lo digo por el contraste entre las sonrisas fotografiadas ahora de Aguirre con Blanco, o Blanco con Aguirre, y los gruñidos que le dedicaba antes la presidenta madrileña a la ministra Magdalena Alvarez, o la ministra a la presidenta. Ese contraste es el que nos invita a reflexionar sobre la insoportable levedad de la política, especialmente en los ámbitos institucionales.

¿Cómo es posible que una obra de común interés para los madrileños (el cierre de la M-50, por ejemplo) puede estar a expensas del buen rollo o el mal rollo entre dos gobernantes, no ya por pertenecer a distintos partidos sino porque se detesten personalmente? Me parece una falta de respeto a los ciudadanos. Sin embargo, es por desgracia una de las claves que muy a menudo sirven para explicar el desistimiento de los poderes públicos a la hora de cubrir grandes y clamorosas necesidades de la sociedad. Ellos libran sus batallas personales y las consecuencias las pagamos todos.

Peor todavía si las querellas se dan dentro de una misma familia política. Véase la firmeza con la que el presidente de la Generalitat, José Montilla, dice que hablará de financiación autonómica con la vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, que ni siquiera es militante, pero no con el ministro de Cooperación Territorial, Manuel Chaves, que es el presidente del PSOE.

Por no hablar de la inquina que se profesan el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, y la presidenta de la Comunidad. La casuística sería interminable, pero basta recordar su encontronazo más reciente por cuenta de Cajamadrid, donde Aguirre también maniobró para achicar el espacio del alcalde. ¿Y qué culpa tienen los sufridos clientes o depositantes de esta importante entidad financiera?

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