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LA VOZ LIBRE
lunes, 22 de noviembre de 2010, 14:37
Ortografía yeyé

Chiste fácil. El del título y éste: no sólo de ortografía vive el hombre. Pero, cualquier cambio, y no digamos reforma, que se haga —o sencillamente se proponga— en materia ortográfica suele suscitar casi tanto furor informativo como una subida del IVA o una bajada de la Bolsa.

Leemos en la página web de la Real Academia Española que las declaraciones de Salvador Gutiérrez Ordóñez, coordinador de la nueva Ortografía que publicará la Docta Casa estas Navidades, “han alcanzado una notable repercusión y han dado origen a un amplio debate en los medios de comunicación y en los foros de Internet”. Pero, a juzgar por los titulares, parece ser que el cambio o arreglo más importante en la Ortografía académica sea el del nombre de la letra ‘y’. Hay que decir, sin embargo, que no se trata exactamente de un cambio de nombre, sino de la pérdida oficial de uno (el más usado) de los dos que la letra tenía, el de ‘i griega’, que pasa a llamarse únicamente ‘ye’. Ignoro si se ha eliminado también el nombre de ‘ere’ para la ‘r’, y en mi opinión se debería, porque es hilar demasiado fino tener que distinguir entre la modalidad múltiple del fonema vibrante y el sonido suave cuando le deletreamos a alguien —pongamos— nuestra dirección de correo electrónico.

Por lo demás, en España se seguirá diciendo ‘i griega’ durante mucho tiempo, claro está. Hasta que cunda el ejemplo de quienes acaten la norma, y en las escuelas se use ‘ye’ para enseñar la vigesimosexta letra del alfabeto (que solo en virtud de nuestra letra ‘ñ’ nos atrevemos a llamar ‘español’), no habrá nada que hacer. Y no seré yo quien transgreda esa norma. Porque, además, llamar ‘ye’ a la letra ‘y’ es del todo apropiado, y coherente, si tenemos en cuenta que ‘yeísmo’ es el nombre que se le da al fenómeno, muy difundido hoy en español, que consiste en pronunciar la ‘ll’ como ‘y’.

(Un inciso: no es yeísmo, sino memez, pronunciar ‘Yirona’ cuando lo que se está hablando es español, porque eso no es español ni es catalán, tan solo burda política lingüística. Llamar al pan pan, y al vino vino, es decir, usar el “nombre tradicional en lengua castellana de la provincia y ciudad de Cataluña cuyo nombre en catalán es Girona” es hoy políticamente incorrecto; pero sólo en España, claro. No digamos ya en textos oficiales, donde “es preceptivo usar el topónimo catalán como único nombre oficial aprobado por las Cortes españolas” (informa el Diccionario Panhispánico de Dudas). Pero, según parece, texto oficial es, también, todo aquello que digan nuestros locutores y reporteros de la cadena pública del Estado —‘español’, nos aclaran siempre en las autonómicas más recalcitrantes—, pues no pronuncian otra cosa que ‘Yirona’, ‘Yeida’, amén de ‘A Coruña’, etc. Cuando no lo dicen con perfecto acento del lugar en cuestión, lo cual, desde luego, es preferible. Cierro paréntesis).

Otras de las novedades ortográficas que han trascendido a la prensa lo son más bien para la norma prescrita; no así tanto para la escrita, esto es: cosas como el no poner tilde a los demostrativos (cuando no existe riesgo de anfibología) ni a los considerados “monosílabos a efectos ortográficos” (como ‘guion’) es algo que vienen practicando desde hace tiempo muchos escritores de prestigio. Es decir: nada nuevo bajo el sol.

Otra enmienda tenida por novedosa, por ejemplo, es la que atañe al alfabeto. Pero, ya Ramón Menéndez Pidal rechazaba allá por el 1953 la alfabetización de los digramas o letras dobles (‘ch’, ‘ll’, y, menos aún, ‘rr’) y preconizó en su momento la adopción del criterio puramente alfabético (y, por tanto, el más internacional) para el Diccionario académico: “la mezcla de alfabetismo y fonetismo en el sistema español —dice el insigne filólogo gallego-asturiano— es imperfecta”. Este aspecto, sin embargo, no se había resuelto del todo bien en la Ortografía de 1999, por lo que se ganó la crítica —siempre inteligente— de Francisco Rico, quien dice de ella que “pudo haber sido la primera del siglo XXI y ha parado en la última del XIX”; aunque seguidamente añada: “a veces, quizá para bien”. Coincidimos con Rico en que lo que hace falta es una Ortografía española que sea “en buena medida una ortotipografía, un código donde todos los factores de la escritura se potencien mutuamente a beneficio de la eficacia y de la elegancia”. Y no sé hasta qué punto la nueva lo será. En fin, la benemérita Academia nos vuelve a dar motivos para el debate y la sana crítica.

Con todo, se suele dar mucha importancia a las polémicas normativas más superficiales y muy poca (o ninguna) a la falta de sensibilidad idiomática que caracteriza a los medios de comunicación. Habría de bastar un Quijote o un dardo en la palabra para concienciar a toda una sociedad del grandioso patrimonio cultural de una lengua (como bastó en su día una novela de Víctor Hugo para que se restaurase, y se protegiese luego, una maltrecha Nuestra Señora de París). No obstante, en absoluto quiere decir esto que se deba restaurar, para uso en nuestros días, un estado de lengua anterior; pero sí convendría recuperar —o conservar en la medida de lo posible— la vieja consistencia de nuestro idioma. Si no, llegará el día en que ya nadie entienda a Jorge Manrique cuando dice que “a nuestro parecer / cualquier tiempo pasado fue mejor”, porque ya solo lo diremos así, sin entenderlo, claro está: “en base a los patrones de sensibilidad establecidos, la valoración personal y/o hecha por la colectividad a nivel de mirada retrospectiva se realiza siempre en positivo”.

Entre las palabras de Manrique y las nuestras se pueden ver más de quinientos años, o, simplemente, más del doble de sílabas. Nosotros nos decantamos por lo segundo: en definitiva, hay un abismo entre la exactitud, la claridad y la belleza de aquellas y la verbosidad huera del lenguaje político-administrativo de estas. Nótese cómo el grado de acierto o desacierto del contenido de mi pequeña traducción al español moderno de las palabras del poeta clásico castellano resulta casi imposible de calibrar si no es a la luz de las originales, pues cualquier idea expresada mediante ese tipo de nebulosidades carece casi totalmente de sentido. Pero, ¿no es eso, acaso, lo que hoy interesa?

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