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LA VOZ LIBRE

De fuera llegaron y de casa nos echaron

Jesús Royo Arpón
miércoles, 26 de mayo de 2010, 16:17

Dicho en versión catalana: "De fora vingueren i de casa ens tragueren". Les avanzo mi posición: esta frase, aparentemente inocua, es el destilado más reaccionario que circula en el mercado ideológico. Es el axioma básico del nacionalismo, la imagen más elemental que lo nutre, la tablazón que está debajo de todas sus elaboraciones teóricas posteriores. Se lo hemos oído a gente de todas las filiaciones, no sólo de la derecha, sino a sedicentes de izquierda, y no sólo a los lepenistas de ERC, sino a socialistas y comunistas, que en teoría son reacios a las patrias.

También hay una versión con peor intención, en que a los 'de fora' se les califica de 'hostes', huéspedes, "hostes vingueren que de casa ens tragueren", con lo cual se recalca 'nuestra' bondad frente a la maldad de 'ellos'. Y se aplica a la situación actual de Cataluña: los que hemos venido de fuera somos huéspedes, y sería criminal querer comportarse como amos: los amos de verdad son los naturales del país.

El nacionalismo es un reflejo instintivo, ancestral, primitivo. Apela a sentimientos elementales como el miedo, el instinto de supervivencia, la agresividad, la defensa de la prole. Todo nacionalista es un animal territorial: marca su territorio no con orina, como hacen los mamíferos, o con cantos, como los pájaros, o con colores como los peces; la marca nacional es la raza, la religión, la cultura, la historia, los apellidos, la lengua, el vestido: cualquier detalle que resulte útil para la distinción entre serdelosmíos/serdelosotros. Debajo de las formulaciones más idealistas siempre late esa defensa del territorio como un patrimonio para 'los nuestros', que debe ser negado a 'los otros'.

"De fuera... de casa": en esa oposición se afirma la entidad más elemental del nacionalismo, lo que le da su razón de ser: la frontera. La frontera repite, a nivel social, una de las estructuras más elementales de la vida: la membrana de la célula, la corteza del vegetal, la piel del animal, la puerta de una casa, la muralla de una ciudad, el carnet de un club. Hay una frontera que separa a los propios de los extraños, a lo familiar de lo desconocido, a lo reconocible de lo peligroso. A los de dentro los vemos familiares, iguales, dignos de confianza: les tendemos espontáneamente la mano y la sonrisa. A los de fuera, en cambio, los recibimos con el ceño fruncido, son una amenaza potencial, son diferentes. Y no sólo diferentes, sino esencialmente perversos: se infiltran entre nosotros, llenan nuestro espacio con sus voces, nos imponen sus fiestas y sus risas. Y a los naturales del país, sus propietarios legítimos, nos entra de golpe una angustia ontológica: nos van a echar de casa. Cambiarán la cerradura, y el catalán, o sea la llave de la puerta, desaparecerá. Toda la estrategia de normalización lingüística, toda la política de prioridad del catalán -o sea, de exclusión del castellano de la vida pública- proviene de esa angustia existencial, el miedo a perder el control sobre 'casa nostra'.

 

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Encontrados 2 comentarios
Dice ser Cat Melacome
viernes, 18 de junio de 2010, 14:45
Eso de la nación catalana no ha existido nunca. Da miedo ver los libros de historia catalanes que estudian los chavales en la escuela. Ni siquiera ha sido reino como Aragón o Valencia. Por muy importante que fuera cataluña lo mas que ha sido es condado. Mal que les pese a algunos.

Dice ser Cat lliure.
lunes, 07 de junio de 2010, 01:00
A ver, eres tu el que habla de "la región más española" (confundiendo, por ignorancia o por delirio, la hispania romana o goda con el país españa, que no existe hasta el matrimonio de los reyes católicos). Eres tu el nacionalista ancestral y primitivo. Agresivos y competidores los castellanos, habéis sido un enemigo más que un aliado en más de quinientos años de unión (Nación Castellana y nación Catalana).

Mientes o ignoras. Yo apuesto que mientes.

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Jesús Royo Arpón

Jesús Royo Arpón

Lingüista
Después de leer Sumar y no Restar, de Mercè Vilarrubias (Montesinos, 2012) uno se queda con esa impresión: la inmersión  [...]

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