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LA VOZ LIBRE

Leche y Miel

Nadia en el jardín

Fabián Glagovsky
martes, 28 de abril de 2009, 12:36

Tomé de la mano a mi hija Nadia y estaba por salir al patio del jardín de infantes cuando de golpe me sobresaltó una explosión cercana. Miré un poco asustado a la maestra jardinera que, sonriendo me explicó: llega Purim. Los petardos me recordaron que no estoy en cualquier país.

Las fiestas judías no fueron la razón por la que me vine a vivir a Israel. Como conté en una carta anterior, aunque me movió la simpatía por la lucha de la gente por vivir en un país sacudido constantemente por atentados suicidas, el principal motivo de mi aliá (inmigración) fue que podría estudiar gratis en una universidad prestigiosa. Sin embargo, el convertirme en padre reforzó la sensación de emoción que siento cada vez que se aproxima una de nuestras fiestas en Israel.

Aclaro que no soy religioso, pero con el tiempo descubrí que el lazo que me une con el judaísmo no necesita de creencias sobrenaturales, sino sólo de amor por mi pueblo. La idea es entender la tradición bíblica (y post-bíblica) como si fuera mi propio pasado. Esa idea está explícita en una fiesta particular, Pesaj (la Pascua judía). La frase que se lee en la mesa festiva dice "... contarás a tus hijos que esclavo fuiste en la Tierra de Egipto y Dios te sacó de allí...". Remarcar que esclavo fuiste, y no esclavo fueron tus antepasados es lo importante. Pero al vivir en Israel, realmente uno puede sentir que el pasado está vivo y vuelve redondo cada año, porque las fiestas se viven en todos lados.

Es esa sensación que en Argentina la gente – la mayoría de la gente por lo menos – debe sentir en Navidad. La idea de que todo el mundo está pasando un día en el que la vida normal se transforma y la gente comienza a representar un personaje de un cuento. Esa sensación recién la pude sentir acá, porque en este país las fiestas me hablan todas a mí.

Y más que a mí, a mi hija. Por eso el otro día sonreí cuando me contaron que en el jardín de infantes le daban frutas secas por Tu Bishvat, el Año Nuevo de los Árboles, aún cuando yo sé que los dátiles le dan alergia a Nadia y se hincha toda. O cuando me prometieron que algún día de esta semana vendrá con la cara pintada por Purim (el carnaval judío, en el que se tiran petardos y a propósito se hace mucho ruido). “Sólo un poquito en la nariz,” me dice como disculpándose la maestra jardinera. Como si les importara si les doy permiso o no, si cuando la bañamos le encontramos siempre algún tatuaje nuevo en el brazo, de esos que se van al otro día.

Y para TuBishvat es costumbre plantar un árbol en Israel. Así que en el jardín le regalaron a Nadia una maceta con una pequeña plantita de flores blancas. Ella es muy chiquita para darse cuenta de nada, pero espero que la plantita dure hasta el día en que Nadia pueda apreciar las florcitas con los ojos y no con la boca.

Hay quienes dicen que ya por vivir en Israel los hijos “salen judíos”. Pero no es verdad. El clima de la calle, la escuela, el jardín de infantes ayuda, y se hace más fácil que en otros países, pero si no se hace nada en casa, los chicos en seguida se dan cuenta que a uno no le importa y tampoco le darán importancia.

Israel tiene también esas fiestas que existen en otros países. El Día de la familia es como el Día del Padre, de la Madre y del Niño condensado en uno sólo. Se juntaron porque como aquí hay tantas familias que han perdido a un miembro de la familia en la guerra o en actos de terrorismo, festejar el Día del Padre en algunos pueblos especialmente tocados por la violencia era muy triste.

Bueno, tengo que ir a buscar a mi hija al jardín. Veremos con qué me sorprenden hoy.

 

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