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LA VOZ LIBRE

DÍA DIFUNTOS-BOLIVIA

Una fiesta en los cementerios de Bolivia "despide" las almas de los difuntos

Efe
lunes, 02 de noviembre de 2009, 19:12
Una fiesta en los cementerios de Bolivia


Una fiesta en los cementerios de Bolivia "despide" las almas de los difuntos Una fiesta en los cementerios de Bolivia "despide" las almas de los difuntos

El Alto (Bolivia).- Los bolivianos, en especial los aimaras, despidieron hoy a las almas de sus difuntos tras un día de "reencuentro" que celebraron con danzas, música, comida y rezos en los cementerios del país.

En El Alto, ciudad aledaña a La Paz, el camposanto más visitado fue el de Villa Ingenio. Se estima que son más de 200.000 personas las que cada 2 de noviembre se acercan a las tumbas de sus seres queridos para rendirles, según una arraigada tradición local, un homenaje en la despedida de sus almas, tras su visita a este mundo.

El festejo comenzó el domingo, cuando el "ajayu", como se llama en aimara al alma de los muertos, regresa a casa para estar un día con los que siguen con vida.

Obviamente, el recibimiento es por todo lo alto: en cada casa hay un altar lleno de frutas, dulces, pan, quinua, bebida -muchas veces alcohol, y en grandes cantidades-, hojas de coca y tabaco. Lo importante es que no falte de nada.

Una de las figuras más importantes es la "t'ant'awawa", pan antropomórfico y con cara de cerámica que representa al muerto recordado, aunque también hay panes con figuras de caballos o cóndores.

"El caballo es para que su alma pueda regresar fácilmente al cielo cargando con todo lo que le ofrecemos; el cóndor es por si tiene que atravesar un río", explicó a Efe Juan Ticona.

Junto a su familia, Ticona se levantó hoy temprano para ir al cementerio a "despedir" el alma de su padre Mariano, muerto hace seis años, tras una noche de vigilia alrededor del altar casero.

Para ello, trasladaron la mesa hecha de cañas hasta el camposanto de Villa Ingenio, colocaron todas las viandas encima de su tumba, encendieron unas velas y esperaron hasta el mediodía cuando, de golpe, el alma de su difunto padre "regresa" a su lugar.

Y, mientras dura la espera, comen, beben, fuman, mascan coca y recuerdan todo lo referido a su ser querido, mientras chiquillos venidos de todos lugares del altiplano se acercan para ofrecer sus oraciones y cánticos a los muertos.

Rezos que, por supuesto, tienen su recompensa: dependiendo de la calidad y cantidad de los rezos, se llevan en sus bolsas de plástico parte de lo que hay en la mesa, siendo las piñas y las grandes "t'ant'awawas" los objetos más preciados.

Cuando todo lo del altar ha sido repartido, regresan a su casa, algunos para seguir con la fiesta y otros para reunirse en familia.

"Hoy es un día importante para nosotros, porque recordamos a mi madre Teodora en su tercer aniversario. Somos diez hermanos que venimos de provincias, y aunque siempre la tenemos en el recuerdo hoy es un día especial", aseguró a Efe Valentín Marca.

Marca llegó a El Alto a las seis de la mañana, acompañado de tres de sus diez hermanas, montó su altar rebosante y esperó a que los chiquillos llegaran a la tumba de su madre para rezar.

"El tercer año es el más importante. Es la despedida final, a partir de entonces la celebración no es tan grande", explicó Marca, mientras de fondo se oía un grupo de niños que, acompañados de una flauta, cantaban tres 'padres nuestros'.

Cuando el sol empieza a asfixiar, la marea de gente que pobla la pequeña ciudad en que se ha convertido el cementerio de Villa Ingenio es incontable, y los contrastes de colores y las músicas de las oraciones difieren de lo que normalmente debe ser un paseo normal por este lugar.

"Es una cultura diferente. La muerte no es algo triste, es algo que tiene que ocurrir y por eso venimos a celebrar con nuestros muertos en un día tan especial", concluye Eugenio Arias, quien va sirviendo vasos de cerveza a los transeúntes que circulan cargados de flores y dulces hacia las tumbas de sus muertos.

 

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